Una gran sala de suelos de mármol se extendía hasta donde alcanzaba su vista. A un lado, minibar, ¡faltaría más!. Barra libre con los más refinados cócteles, las más delicadas combinaciones. Estas eran: vodka con limón, vino con coca-cola. A otro lado, divanes de seda y colchones de plumón, cénit de la comodidad, acolchados por la más fresca y mullida hierba de mayo. En el centro, haciendo gala de su potencial económico y su despilfarro, un árbol se levantaba del suelo, bajo una cúpula de cristal que le facilitaba luz solar. De los laterales de aquella cúpula caían colgando estandartes diversos: banderas rojas, blancas y azules, leones plateados, elegantes emes de hilo de oro enlazadas con aes de seda oriental, hombres montados en caballos jugando al polo... Más al fondo, una serie de biombos descolocados en apariencia descubrían al mundo las más nítidas siluetas.
Pero en esa pradera del Edén más que la flora importaba la fauna. Una especie de mezcla de cena de navidad de una logia del pecado. A los hombres guapos y mujeres guapas que allí estaban, en medio de esa orgía constante, no les faltaba de nada. Tales eran los caprichos contenidos en la sala que en una esquina tenían un ring de boxeo, donde peleaban dos de los grandes para deleite de cada miembro del grupo, de ese clan.
Y Timmy, que después de un largo viaje, había cambiado, que había abandonado a todos esos "mortales" con los que se solía reunir los más días por la tarde, quedo maravillado. Tampoco se iba a engañar, mucho hacía en su deseo de entrar el hecho de que aquella mujer por la que suspiraba mientras andaba se encontrara en el centro de ese huracán.
Y Timmy, que después de un largo viaje, había cambiado, que había abandonado a todos esos "mortales" con los que se solía reunir los más días por la tarde, quedo maravillado. Tampoco se iba a engañar, mucho hacía en su deseo de entrar el hecho de que aquella mujer por la que suspiraba mientras andaba se encontrara en el centro de ese huracán.
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