La tundra no combina con nada y, sin embargo, a Set le viene como anillo al dedo. Set es un hombre que allí habita, en una cabaña aislada de un mundo al que no gusta y que no le gusta. Él se considera un granjero y en ello trabaja lo justo para vivir una austera vida que, para descanso suyo, no pide mucho. Le acompañan en su soledad un viejo transistor que adormece sus largas y frías tardes y un caimán, al que alimenta cuando aparece por la puerta de su casa, y con el que mantiene intensas conversaciones, ya que gruñe tanto o más que él.
Hace ya dos años que su hermana le legó al morir un piano en testamento. Un piano de oro y cedro, de esmeraldas verdes y cacao, que -dice la tradición Argentina- da la felicidad a quien se regocija sacándole las notas que ambos deseen. Seguramente por ello llegó a las manos de aquel desdichado granjero en la tundra. Set no sabía tocar el piano, así que hacía lo que mejor se le daba con él: guardarlo con celo y desconfianza en una nave aneja a su cabaña.
Pasan los días para aquel vecino del hielo. El granjero ha descubierto una nueva pasión: la música de Bob Dylan, de Tom Waits y de Leonard Cohen que escucha por la radio. No sabe nada de inglés, pero le gusta oír sus ladridos, sus frases despeinadas, sus murmullos a ratos monótonos, a ratos desgarrados y llenos de pasión. Le hacen reflexionar tanto como sus charlas con el caimán.
Hoy a decidido contarle a sus dos hijos, que viven en la ciudad, la noticia ya atrasada del piano. En su cabaña Set tiene una cabina de teléfono. Todos los meses vacía el cajetín de la cabina y guarda las monedas en una bolsa de cuero. Después, las utiliza en la máquina y, cuando se acaban, las vuelve a sacar. Hace unos meses que la cantidad de monedas de la bolsa no merma. Ahora mismo está sacando una y llamando a su hijo menor. Con él el ambiente de sus conversaciones es últimamente demasiado hostil, como si en vez de hablar se escupieran. Le cuenta la nueva de la herencia en unos instantes de paz, pero no de calor. Llama después a su otro hijo, más templado al tratar con él, bastante más discreto que su hermano. Una vez que ha cumplido, se amodorra otra vez en el sillón.
Pasan los gélidos días de verano, como pasan las pistas del disco que escucha un dormido. Set despertó una mañana y gritó "¡Basta!": otra vez el sueño recurrente. En él se avergonzaba de que discutía con un viejo amigo delante de su difunto padre, entonces el amigo huía con el piano y su padre sólo le podía decir que se lo dijo. Este asunto se lo había comentado ya varias veces al caimán, pero este, cansado de la guerra, le había sugerido que se relajara y confiara en el mundo. Ese sábado despertó y salió a pescar salmones. Sin éxito, como siempre. Al volver se encontró una pintada en la pared más sombría de su cabaña. "Paranoia, (hay motivos para la)" Ésta rezaba y reza, allí no hay humanos que intenten borrar la huella física de la desdicha, y el único hombre que hay es demasiado incompetente para ello.
Al final de una mañana totalmente improductiva llegaron inesperadamente los hijos de Set con sus hatillos y sus abrigos de piel. Tras una copiosa comida el sopor de la chimenea tomó el cuerpo del granjero y los cercanos hielos perpetuos bajaron sus párpados bien abajo. Una frase dicha más alta que las demás por el transistor le despertó. Entonces oyó a sus hijos. Les oyó planeando, con alegría en sus voces, el asalto al viejo piano encerrado por su padre. ¿Es que no se daban cuenta ellos, de que una vez conseguido el piano, le seguiría el dilema de para quien va? Sí, se daban cuenta, pero esos eran enemigos futuros y primero tenían que vencer el presente. Set enfureció y cayó en al decepción al mismo tiempo. Pero no podía consentir que le robasen el piano (no sabía por qué) y empezó a darle vueltas a todo en silencio. Set enfureció en silencio.
Y finalmente la noche se perdió en un desierto descampado. Al feroz abrigo de la puerta de una nave la estrella Polar vio a dos hombres fundiendo un candado con un soplete y a un hombre con nieve en el pelo escondido. La estrella miraba taciturna al padre, y el padre miraba iracundo a los hijos cómo éstos miraban ansiosos la llama descuartizar el candado. Los hijos entran, y dos minutos después lo hace el granjero a hurtadillas. La más fría de las estrellas jura que aquello era un ataque a bocajarro, y que, lo que vio a través de la sucia ventana de una nave fue de lo más triste que le ha brindado la noche, fiel compañera.
El hijo menor levantó los brazos engalanando pretenciosamente el virtuoso ejercicio de técnica al piano posterior. Pero el suelo tembló hasta dos veces con la suficiente violencia como para cerrar la tapa, guillotinando ésta los dedos de el joven pianista. ¿Qué es un pianista sin dedos? fue la última pregunta que pasó por la mente del desdichado intérprete en un grito de dolor. Entonces una sonrisa asqueada y malévola se dibujó en la cara de su codicioso hermano. Se estaba dirigiendo al piano cuando oyó el chasquido que provocó el respingo dado por su padre en la oscuridad ante el macabro mutilamiento presenciado. El hijo mayor se asustó, y dirigió una fugaz mirada a su hermano desmayado, y luego al origen del ruido. Y ahí dio un paso adelante su padre mientras izaba su escopeta. Dice la estrella testigo que los lamentos y sollozos del hijo habrían enternecido al más desalmado de los padres, pero Set en esos momento ya no era padre de nadie, y tenía frío en los pies. No quiso mirar más la estrella Polar, pero el que se diera la vuelta no impidió que no oyera el ruido que hacen las escopetas cuando en vez de un arma son un vehículo. La sangre salpicó al piano, la sangre salpicó un cuerpo desmayado y la sangre salpicó al miedo y a Set.
Set ya no tiene hijos. Set sólo tiene un lugar donde caerse muerto y un piano de oro y cedro, de esmeraldas verdes y cacao, con manchas de sangre y sin música, en medio de un lugar que no combina ni con él ni con nada.