¡¡¡¡LAS OREJAS DEL RELOJ NO HAN MUERTO!!!!

3 de marzo de 2013

Cánones

No es baladí el asunto de las banderas, como mucha gente piensa. Las banderas no son trozos de tela, las naciones no son espejismos que llevan a la guerra y al odio y bla, bla, bla. Todo lleva al odio, no nos engañemos. Las naciones son colectivos de personas con espacio, lengua, cultura comunes. Y bandera para representar esa nación. Pongamos un ejemplo. 
España. La soleada nación de España, compuesta por los españoles. ¿Alguien me va a negar que los españoles, que las gentes nacidas a lo largo y ancho de España, no tienen una idiosincrasia común? ¿Acaso no tienen el mismo je-ne-sais-quoi el cacique gallego que el chorizo valenciano? Lo castizo no sólo se confirma en el espacio, sino también en el tiempo, ¿o no siguen campando a sus anchas los castellanos viejos de Larra, los monarcas de caza y los torquemadas?
España existe: no es un espejismo patriotero. España existe: la tenía delante. La tenía delante en forma de individuo gordo y sucio. Una barriga ostentosa, embutida en una camiseta de no se qué dúo de raperos se balanceaba delante mío en una silla. Y es que este castellano viejo, por buscar algo que distinguiera tantos kilos de mediocridad, se inventó una personalidad a partir de un comentario, en vez de comentar su personalidad. Creyó sumar un punto de atractivo si se añadía un rasgo distintivo y ese rasgo fue -según sus propias palabras- no estar nunca quieto. Cuando no tamborilea con sus rollizos dedos, se balancea en su silla (o en su tela de araña) o si no aplaude torpemente, o silba como puede. Sin duda esta estrategia de marketing la ha ideado él solito. Hablamos de un hombre que tiene que soltar risotada por todo y normalmente la que más suena. Alguien que te pasa la mano por delante de la cara si ve que te quedas mínimamente absorto en tus pensamientos. El que se gira y mira siempre que alguien entra en la sala. El que no puede soportar un mínimo silencio, y siempre lo intenta atajar con cualquier cosa, ora rebuzno ora insípida anécdota. Un pelma, vaya. 
 Tal suplicio de persona me dejó pensando -seguramente él estaba hablando mientras- en la electricidad. En cómo ser una persona de conversación adictiva, de llorada ausencia. El poeta Espronceda siempre formaba un corro de complacidos hombres y admiradoras mujeres en todos los salones. Era invitado a todas las fiestas, levantaba súplicas cuando se marchaba. Una persona magnética, eléctrica. 
 He intentado descomponer esa electricidad y he obtenido:
  •  Presencia. Aseo, ropa y belleza. Una persona debe ir bien puesta. El aseo algo que nos distingue un poquito de los animales. La ropa es la forma de expresar tu personalidad más rápida y eficaz. Debe ser adecuada para la ocasión, resaltar virtudes y disimular defectos de belleza. Gestos, postura y mirada. Todo detalle cuenta
  • Palabra. Ingenio. Se debe saber bien qué decir y cómo decirlo, utilizar un tono adecuado y el humor como mejor arma. Saber ver la oportunidad del comentario y medir los ánimos y el estado del público.
  • El silencio. Respetar bien los silencios es básico; utilizarlos como mejor medio de modular la conversación, para nota.
  • La consideración. Unos modales correctos y cuidados. Un control de los espacios vitales de las personas. Un uso consciente e inteligente de las convenciones sociales.

Son cuatro puntos básicos que van desde el no hacer sentir incómoda a la otra persona hasta el deslumbrarla y conquistarla tout à fait. Por favor, no es tan complicado. Pónganse en práctica. ¿Dónde están los spanish manners que dice Dylan en Sad-Eyed Lady of the Lowlands? ¿Somos ese pueblo mestizo, europeo y oriental, misterioso y exótico para los rubios del norte o simplemente castellanos que huelen a ajo? No somos nadie: que cada cual se invente lo que es. Y que no sea tan cutre. Un poco de cuidado con la imagen. Un poquito de porfavor.