RELATO GANADOR DEL CONCURSO JÓVENES TALENTOS POR CASTILLA Y LEÓN
Pablo Hernández López
A sus 25 años, Boni no se sentía útil. Tenía estudios, tenía juventud, pero no
encontraba nada que pudiera aportar al mundo. La crisis o la mala suerte lo
dejaron en paro, a su temprana edad.
Allí arriba se sentía un poco mejor, sentía una ligera esperanza. Y entonces
voló. El viento, que antes le acariciaba la cara, ahora se la azotaba de malos
modos.
De repente, tocó tierra. Miró al cielo y las nubes le parecieron extrañas. No
desfilaban ante él, estaban quietas, como pintadas en una gran cúpula. Se
levantó y miró alrededor. Las paredes de esa gran sala, de esa inmensa nave,
de esa extraña catedral, eran de piedra azulada y se fundían en lo alto con el
cielo inmóvil. En el medio, un gran tocón de madera, hueco por dentro, presidía
la sala. A su lado, un anciano en silla de ruedas la habitaba. Enseguida el
anciano fue a recibir a Boni.
-Bienvenido -dijo el extraño personaje- deja que te presente a mi amigo y a mí
mismo, por supuesto. Me llamo Holden y soy, ya no por mucho tiempo,
esperanzador.
-¿Esperanzador? ¿Esto es el cielo?
-Sí, esperanzador y no, esto no es el cielo: se llama sala de esperanzación -le
respondió Holden y, acto seguido, empezó con su explicación-. ¿Te has
preguntado alguna vez por qué está tan desigualmente repartida la suerte?
-Continuamente -dijo Boni.
Entonces, salió del tocón un sobre rojo. Holden lo tomó y se lo dio a Boni,
pidiéndole que lo abriera. Al abrirlo encontró una foto de un hombre
desesperado apoyado en la puerta de una habitación de hotel, la 316. Boni
reconoció en un instante al desdichado personaje.
-Es mi padre -acertó a decir, confundido.
-Sí, lo es y no parece muy feliz -Una lágrima descendía patinando por la cara
de Boni pero Holden seguía hablando-. Ayudamos a gente como tu padre, como todas las personas que hay ahí -y señaló el interior del tocón-. Boni se
sorprendió al ver una inmensa colección de sobres: rojos, ámbar, verde
aterciopelado, azul ultramar…
-Toda esta gente necesita ayuda -dijo Boni mientras abría sobres y sobres-
Pero aquí no veo ni un solo niño pobre, todo son gentes del primer mundo.
-A esa gente, muchacho, tiene que ayudarla la humanidad, los hombres
afortunados tienen que saber sacrificarse por los demás; pensar en “nosotros”
y no solo en “yo” -dijo el anciano con el ceño levemente fruncido- Pero
volviendo al tema, tú eres mi sucesor.
-¿Qué? -exclamó el joven- ¿Después de todo lo que me ha perjudicado la
sociedad tengo ahora que partirme el espinazo por ella?
-¿Ves? Es lo que te acabo de decir. Perdona al mundo, no tenía intención de
hacerte daño, ¡y trabaja!
Entonces, Holden desapareció. Boni quedó pensando.
-Ojalá hubiera acabado de caer -decía- lo mismo que los países ricos deben
arrimar el codo para ayudar a los pobres, que lo arrimen para ayudarse entre
ellos.
Abrió los ojos, la gente aplaudía a su alrededor. Tumbado en el suelo, el
personal sanitario de la ciudad lo atendía.
-Supongo que no existe tal sala de esperanzación -pensó- ¿Quién cuidará de la
humanidad? Nosotros mismos –se respondió.
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