Tenía preparado el discurso, se lo sabía de corrido. No contó con que no iba a dar un mitin; iba a hablar con alguien. La vio en el bus, pero había demasiada gente. Se bajaron en la misma parada y él, rompiendo un silencio de semanas, la preguntó si luego bajaba otra vez en aquella línea 8.
A la bajada se sentó justo delante de ella. Cara a cara, vis a vis. Hubo un silencio dramático, de tanteo, hasta que los dos, increíblemente al unísono, dijeron: "¡ya!" Esto le desconcertó unos segundos; ya las cosas no iban como había bocetado su imaginación. Pero el siguió, no recuerda como. Solo sabe que ya habían empezado a medio-discutir (aunque sin duda felices porque discutiendo o no, por lo menos se hablaban) y eso no estaba ni de largo en sus planes. Su estrategia era arrepentirse de todo, pedir mil perdones, y ahí se encontró, rebatiendo todo lo que ella le decía.
Hasta que por fin, llegó al cenit de la discusión, de la semana, del mes y de lo que a él le parecía su vida:
'Porque te quiero'. Pero la quería como se quiere alcanzar la luna, como se quiere matar al tiempo. Simplemente la quería, consciente de que nunca él podría lograrla.
Y cuando pronunció esas palabras, cinco meses pasaron en un instante. Pasaron las miradas de ojos verde marihuana, las clases de sociales, el deseo, las habitaciones extrañas, las colonias y Canadá entera, pasó el Windsor y el día que me quieras, pasaron los coros, pasó el autobús de parada, el conservatorio de su vida, pasó un mundo; pasó una era -Good times never seemed so good-.
Con el poco valor que le quedaba se tiró un farol mirándola a la cara. Y captó apenas un gesto. Un gesto como de
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