¡¡¡¡LAS OREJAS DEL RELOJ NO HAN MUERTO!!!!

26 de enero de 2011

Cuento (?) sobre el odio injustificado

Uno normalmente hace cosas de las que luego se arrepiente. Pero peor es cuando te arrepientes de algo que llevas haciendo meses. Las personas inteligentes cambian. Yo, aunque no me incluya en ese grupo también. Cambiar es obligatorio para poder vivir una sociedad. Si no cambiáramos, si todavía estuviéramos jugando con espaditas de Toledo (por ejemplo) mientras todo y todos cambian ante nuestras narices -y ante nuestras barbillas, oye- no nos estaríamos adaptando al medio, como es nuestra naturaleza. Pero cuando cambias y miras atrás es cuando te arrepientes de lo que has hecho anteriormente, aunque lo hayas hecho durante meses.
Y es que imagínate que alguien a quien no conoces demasiado, solo de oídas, de amigos en común y de haber hablado un par de frases con él te empieza a odiar. No sabes porqué, no sabes cómo, tú no le has hecho nada, pero te empieza a odiar. Y además un odio absurdo, bastante grande, extenso, público. Empieza a hablar mal de ti por ahí. Hace casi una filosofía de vida de odiarte a ti, que no le has hecho nada, crees, que nunca has hablado demasiado con él. Al principio te la traería al pairo un poco, luego te tocaría ya un poco los huevos. Por lo menos a mí. Y si luego te intentas ganar a una chica y ves que en la cartera lleva una caricatura tuya hecha por ese gilipollas obsesivo ya... Llevas razón, yo que tu le partiría la cara. Pero no lo haces. Pasan unos meses y parece que ha cesado esa campaña de desprestigio a lo estilo Tea Party americano. Tu, normal, con tu vida. Pero resulta que cuando te encuentras con alguien y te pones a hablar con ese alguien aparece él y se te pone al lado, callado. Intenta meter baza en la conversación. Pero bueno, ¿este tío es subnormal o qué? ¿Ya no le caigo mal? Y días más tarde, el día de tu cumpleaños, te felicita por tuenti con una afectividad que ni tu abuela el día de tu santa comunión. Si yo fuera ese alguien, para empezar a hablar con el gilipollas ese que parece que quiere ser mi amigo tendría que empezar pidiéndome perdón. Pero por otro lado no creo que el gilipollas tenga los huevos de pedir perdón a alguien, sobre todo a ese alguien que le lleva puteando toda una vida. Entonces, ese gilipollas, se debate entre felicitarle normal, felicitarle bien o no felicitarle el cumpleaños, porque de pedir perdón ni hablamos, por lo menos directamente. ¿Cómo reaccionaría mi antigua cabeza de turco de todos mis males ante la felicitación de marras? se pregunta aquí el malo de la película. Pues en esas andan. Deja de imaginar ya, no sea que se te sobrecaliente la cabeza.

2 comentarios:

  1. Te arrepientes ee, muy bien, aunque yo creo que siempre quedara un resquicio de odio, en alguna esquina.

    ResponderEliminar